El champú contiene tensioactivos —a menudo laureth sulfato de sodio— que bajan la tensión superficial del agua, así que a primera vista parece un buen candidato para burbujas. En la práctica funciona bastante peor que un buen lavavajillas, y conviene entender por qué antes de gastar mezcla con él.
Qué le aporta a la burbuja
Su papel es el mismo que el de cualquier detergente: forma la monocapa de tensioactivo en las dos caras de la película y le da algo de elasticidad de Gibbs-Marangoni, que ayuda a que la pared se "autorrepare" cuando se estira. El problema es todo lo demás que lleva un champú.
Por qué suele fallar
Los champús añaden agentes acondicionadores (siliconas, polímeros catiónicos, aceites) pensados para depositarse sobre el cabello. Esos ingredientes son hidrófobos y desestabilizan la película: promueven la coalescencia y aceleran el drenaje. Además suelen llevar sales y opacificantes que interfieren con el equilibrio de la mezcla. El resultado son burbujas más frágiles y de vida corta frente a un Dawn o un Fairy.
Cómo usarlo si es lo único que tienes
- Elige el champú más básico y transparente posible (tipo "champú neutro" o de bebé), sin acondicionador ni "2 en 1".
- Empieza por una proporción parecida a la del lavavajillas: alrededor de 40-60 ml por litro de agua, y ajusta a ojo. Ni demasiado poco (no cierra la película) ni demasiado (exceso de jabón).
- Para compensar su debilidad, añade un polímero como goma guar o J-Lube: la viscoelasticidad extra tapa buena parte de las carencias del champú.
- Usa agua destilada para evitar sumar más sales.
La conclusión honesta: el champú puede hacer burbujas, pero es una opción de emergencia. Para burbujas gigantes o de larga duración, un lavavajillas de calidad más polímero rinde mucho más por el mismo esfuerzo. Si vas a invertir tiempo en madurar la mezcla, hazlo con un tensioactivo pensado para limpiar platos, no pelo.