El cloro (o la cloramina) que las plantas potabilizadoras añaden al agua de grifo es, ante todo, un oxidante: su trabajo es matar microorganismos. Ese mismo poder oxidante puede atacar y degradar ligeramente las moléculas de tensoactivo disueltas en tu mezcla, además de interferir con polímeros sensibles como la goma guar o el PEO/J-Lube, debilitando con el tiempo la monocapa que sostiene la película. No es un efecto dramático de un día para otro, pero en mezclas que se guardan semanas puede acelerar la pérdida de rendimiento.
La minería en el agua (calcio, magnesio) no es el problema aquí —de hecho, la Soap Bubble Wiki señala que el agua de grifo suele funcionar igual o mejor que el agua destilada porque los detergentes modernos están formulados pensando en agua "dura"—. El cloro libre, en cambio, sí conviene reducirlo antes de mezclar.
Cómo quitar el cloro antes de mezclar
Dos métodos caseros funcionan bien para el cloro (no para la cloramina, que no se evapora): dejar el agua reposando en un recipiente abierto entre 24 y 48 horas a temperatura ambiente, dejando que el cloro gaseoso se escape solo; o hervirla entre 15 y 20 minutos, que acelera muchísimo el proceso (y luego dejarla enfriar). Si tu ciudad usa cloramina, ninguno de los dos trucos basta y hace falta un neutralizador. En el simulador de KUANTIKA este matiz no se modela como variable directa, pero es buena práctica de laboratorio antes de cualquier tiempo de reposo de la mezcla.