La burbuja en la pintura: de Chardin a Millais
Hacia 1733, un pintor francés al que le fascinaba la textura de las cosas —el peltre, la loza, la tela usada— decidió pintar por primera vez una figura humana. Eligió un joven inclinado sobre el alféizar de una ventana, concentrado en inflar una burbuja de jabón. Esa decisión de Jean-Baptiste-Siméon Chardin marcaría un antes y un después en la historia de la pintura de género.
Chardin: la burbuja sin sermón
*Soap Bubbles* (hacia 1733-1734, Metropolitan Museum of Art, Nueva York) fue la primera obra figurativa de Chardin, y ya en ella se aprecia lo que lo haría único: la capacidad de mirar un instante de la vida cotidiana sin moralizarlo. Los pintores flamencos del siglo anterior —Caspar Netscher, entre otros— usaban el mismo motivo para advertir sobre la brevedad de la vida, con calaveras o relojes en el fondo. Chardin elimina los símbolos auxiliares y nos deja solo con la concentración silenciosa del muchacho y la burbuja que aún no ha terminado de formarse.
La pintura existe en varias versiones: además de la de Nueva York, hay copias o variantes en el Los Angeles County Museum of Art y en la National Gallery of Art de Washington. Esto indica que el tema tuvo éxito inmediato entre los coleccionistas. Lo que los compradores veían, probablemente, era un cuadro de género amable; lo que la historia del arte ve hoy es el momento en que la tradición alegórica se transforma en observación pura.
Chardin era conocido por su técnica de pincelada densa y rugosa, que bajo la aparente sencillez del motivo esconde una gran sofisticación. El chaquetón del joven, la pequeña espuma en la comisura del tubo, la transparencia de la burbuja incipiente: todo logrado con capas de óleo sin suavizar.
Millais: la burbuja como producto
Ciento cincuenta años después, al otro lado del Canal, Sir John Everett Millais pintó en 1886 a su nieto de cinco años, William Milbourne James, con una burbuja que ascendía sobre él. El cuadro se llamó originalmente *A Child's World* y capturaba ese instante de asombro infantil ante la perfección frágil de la burbuja.
Hasta aquí, nada insólito. Lo que ocurrió después cambió la historia de la publicidad. Thomas Barratt, director de la marca de jabones Pears, compró el copyright de la obra por 2.200 libras esterlinas, añadió digitalmente una pastilla de jabón Pears en el primer plano y lanzó la imagen como cartel publicitario en 1889. La pintura pasó a llamarse *Bubbles* y se convirtió en la primera campaña publicitaria de gran escala basada en una obra de arte.
El escándalo fue mayúsculo:
- La novelista Marie Corelli escribió que los carteles de Pears eran «un libelo grosero tanto de tu obra como de ti».
- La comunidad artística acusó a Millais de traicionar los ideales prerrafaelitas por aceptar que su cuadro se usara comercialmente.
- El propio Millais, según las fuentes, se reconcilió gradualmente con la idea cuando vio que la reproducción era fiel y elegante.
Dos lecturas de la misma burbuja
Chardin y Millais comparten el motivo pero lo usan de formas radicalmente distintas. Para Chardin, la burbuja es un pretexto para mirar el mundo con atención y sin juicio. Para Millais —o mejor dicho, para Barratt que se apropió de su obra—, la burbuja es un vehículo de emoción que vende un producto. Entre ambas lecturas cabe casi toda la historia del arte y de la publicidad: la tensión entre contemplación y persuasión, entre valor artístico y valor de mercado.
Cuando soplas tu próxima burbuja gigante, estás en compañía de dos siglos de pintores, anunciantes y físicos que vieron en ese instante iridiscente algo que merecía la pena detener.