Homo bulla: la burbuja como símbolo de lo efímero en el arte
Imagina que soplas una burbuja y, en el instante justo antes de que explote, un pintor del siglo XVII la retrata para siempre. Eso es exactamente lo que hicieron decenas de artistas europeos, y el motivo tenía nombre en latín: *homo bulla est*. El hombre es una burbuja.
El origen latino de una gran metáfora
La frase no la inventó ningún poeta barroco. Según las fuentes clásicas, ya era proverbial antes de que Marco Terencio Varrón la recogiera en el siglo I a. C. en su tratado *De Re Rustica*, donde la introdujo con las palabras *ut dicitur* —«como se suele decir»—, señal de que ya circulaba entre sus contemporáneos. Siglos después, Erasmo de Rotterdam la incluyó en sus *Adagia* (edición ampliada de 1508), la colección de proverbios grecolatinos más influyente del Renacimiento, garantizando así su difusión en toda Europa culta. La idea era simple y devastadora: la vida humana brilla un instante, iridiscente y perfecta, y luego desaparece sin dejar rastro.
Vanitas: cuando la burbuja llega a los museos
El género pictórico conocido como *vanitas* —nombre tomado del Eclesiastés: *vanitas vanitatum*— convirtió objetos cotidianos en símbolos memento mori. La calavera, el reloj, la vela que se apaga… y la burbuja de jabón. A partir del siglo XVII, los pintores flamencos y holandeses incorporaron niños soplando burbujas como alegoría de la brevedad de la infancia y de la vida entera. La burbuja reunía virtudes únicas como símbolo: era visible, comprensible para cualquier espectador, y moría literalmente ante los ojos.
Tres obras que definen el canon
- Hendrick Goltzius (hacia 1594) grabó uno de los primeros *homo bulla* conocidos: un niño desnudo sobre una esfera terráquea, soplando burbujas, con la inscripción *Quis evadet?* —«¿Quién escapará?»—.
- Pierre Mignard pintó en 1674 *Girl Blowing Soap Bubbles* (Château de Versailles), encargo atribuido a la reina María Teresa de Austria: una joven aristocrática con perlas y perro faldero sopla burbujas mientras un loro —símbolo del lujo perecedero— la observa. La riqueza no salva.
- Jean-Baptiste-Siméon Chardin dio un giro decisivo hacia 1733-1734 con su *Soap Bubbles* (Metropolitan Museum of Art, Nueva York): sin moralizar explícitamente, captura la concentración silenciosa de un joven ante la burbuja a punto de formarse. El símbolo se humaniza.
La burbuja como espejo de cada época
Lo fascinante del *homo bulla* es su capacidad de reinventarse. En el Barroco habla de muerte; en el Romanticismo habla de infancia perdida; en la publicidad victoriana —el famoso cuadro de Millais apropiado por Pears Soap— habla de inocencia comercializable. Y en el arte contemporáneo y el audiovisual del siglo XXI, investigadores como los de la Universidad Jaume I han documentado su persistencia como metáfora de la fugacidad digital y mediática.
La próxima vez que soples una burbuja y la veas ascender, recuerda que estás protagonizando una de las metáforas más antiguas y universales de la humanidad. Y que dura exactamente lo que tiene que durar.