El pH de tu mezcla no es un detalle cosmético: muchos tensoactivos aniónicos (como el lauril o laureth sulfato sódico de los jabones lavavajillas) rinden mejor en medio ligeramente alcalino, porque ahí se reduce la repulsión entre cabezas iónicas y la monocapa empaqueta más firme. El truco está en subir el pH sin pasarte, y ahí es donde el bicarbonato y el carbonato de sodio (sosa, soda ash) se comportan de forma muy distinta.
El bicarbonato de sodio es una base débil: una solución típica ronda pH 8.3. Es "perdonavidas": puedes echar de más y el pH apenas se mueve, porque el ion bicarbonato amortigua sus propios cambios. El carbonato de sodio es mucho más fuerte —una solución normal está entre pH 11.3 y 11.6, casi mil veces más alcalina que el bicarbonato— porque el ion carbonato reacciona con el agua liberando iones hidróxido con más facilidad. Esa fuerza es justamente el riesgo: una pizca de sosa de más dispara el pH muy por encima del rango útil, ataca la piel y las manos, y puede degradar el tensoactivo en vez de ayudarlo, dejando una mezcla que hace espuma pobre o película quebradiza.
¿Cuál elegir?
Para el burbujólogo casero, el bicarbonato es la opción por defecto: es fácil de dosificar por error (una cucharada de más no arruina la tanda), es el ingrediente que documenta la mayoría de recetas probadas y es el que recomendamos ajustar primero en el simulador de KUANTIKA. El carbonato de sodio solo tiene sentido si ya mediches pH con tirillas o pH-metro y necesitas corregir un agua muy dura o muy ácida con una dosis mínima y controlada —nunca "a ojo"— porque el margen de error es mucho más estrecho. Si dudas, empieza con bicarbonato, mide, y sube en pasos pequeños antes de considerar sosa.